La antinovia

 

La periodista Leo Marcazzolo pasó seis meses planeando su matrimonio. Quería que fuera memorable y perfecto y, de pura ansiedad, se comió las uñas hasta sangrar durante los preparativos. A pesar de sus esfuerzos, nada salió como esperaba. No fue una novia de torta. Pero fue una novia gloriosa.

 

“Estoy en el Nissan último modelo de mi cuñado y voy camino a mi matrimonio. Doy vueltas por Santiago haciendo tiempo para que se llene el Club de Campo donde me voy a casar. Nunca pensé que iba a estar tan nerviosa, tanto, que tengo ganas de hacer pipí. Unas ganas irreprimibles. Presiento que todo va a salir mal, que voy a llegar y mi novio no va a estar ahí y que todos los invitados van a mirarme como si yo fuera una pobrecita. Antes de salir de mi casa pensé en tomarme un whisky para hacer más llevadero este momento, pero no lo hice, porque mi mamá y la maquilladora me dijeron que era demasiado ordinario que la novia llegara con tufo a trago.

 

Finalmente arribo a mi matrimonio y están todos esperándome con cara de mono animado: con los ojos brillosos y una sonrisa de oreja a oreja. Ya auguraba yo que iban a estar con esa cara. No entiendo por qué no me miran más normales. ¿Será que me veré demasiado linda? O que adivinan que me muero de ganas de hacer pipí. Comienzo a caminar hacia la mesa donde me esperan la oficial del registro civil, los testigos y mi novio. De fondo suena Life for Mars, de David Bowie (nuestra canción favorita), y la oficial me obliga a saludarla de beso.

 


Comienza la ceremonia y yo sigo con ganas de hacer pipí. Desde mi perspectiva, la oficial se ve muy extraña. Modula todo y enfatiza sus dichos con mímicas de manos y gestos incomprensibles. Cada vez que se refiere a nosotros, recita nuestros números de rut como si los tuviéramos grabados en la frente. Yo no soy Leony Marcazzolo, soy 8.524.770-0. Y mi novio y los testigos también. Casi no puedo aguantarme la risa. Y de pronto me pregunta si acepto tomar a Alberto como mi señor esposo, y alarga tanto la palabra “tomar” que no puedo evitar imaginarme las cubas libres que me tomaré en un rato más, durante la fiesta, y entonces sí que estallo en carcajadas. Sé que no es el minuto y sé lo que me dirá mi mamá, pero no puedo evitarlo, no soy la novia perfecta. ¿Y qué? Me lo repito a mí misma y, al escucharlo, comienzo a sentirme mejor.

 

EN LA GUATA DE UNA BALLENA

 

Debo confesar que nunca en mi vida me había sentido tan nerviosa como durante mi noviazgo: quería que todo resultara tan original, tan memorable y tan perfecto que casi no podía dormir. Y más encima vivía con la culpa de mi infelicidad, porque todos me decían que ésa debía ser la etapa más alegre de mi vida. Pero no era así y me desesperaba. No era que tuviera dudas por el novio, lo que sucedió fue que los detalles de la fiesta acabaron por agobiarme a tal punto que al final sólo quería que esto terminara luego.

 


Todo comenzó en junio de 2007. Ese mes decidimos casarnos y comenzamos a buscar un local. En ese entonces yo pesaba 96 kilos y apenas podía moverme. Mi novio no tenía auto y todos los fines de semana teníamos que recorrer más de cinco lugares montados en el Transantiago. Las micros frenaban a cada rato y emitían unos sonidos tan extraños que era como estar en la guata de una ballena. De hecho, en eso pensábamos mientras estábamos allí. Íbamos desde La Dehesa hasta la Alameda, casi infartándonos con los precios. La mayoría –con banquete incluido– costaban más de $ 30.000 por persona y nosotros queríamos invitar a más de 250. Luego de meses de lo mismo, al fin encontramos algo más módico en La Reina: $ 23.000 por persona más $ 800.000 por el arriendo del local. Nuestros padres nos auspiciaron generosamente. Si no, hubiésemos quedado endeudados de por vida.

 


Cuando tuvimos el lugar para el matrimonio nos quedamos tranquilos por un tiempo. Hasta que comenzó nuevamente el trajín y con ello, mi nerviosismo: la banquetera nos llamó para ir a la degustación del menú –que es donde los novios y la familia eligen lo que se va a comer en el matrimonio– y yo empecé con mis rollos y, mis tribulaciones. Anduve más perdida que el teniente Bello: veía circular innumerables platos de comidas rebuscadas, como timbales de mariscos o terrinas de verduras, y no entendía qué diablos era más elegante, más apropiado o más chic. Sólo sabía que la silla me quedaba grande y que los pies me quedaban colgando. A mi novio, en tanto, sólo le preocupaba que el menú fuera contundente para que sus amigos no se curaran tanto. En eso estábamos cuando, de pronto, la banquetera apareció con el dedo ensangrentado: se había cortado con un cuchillo. Y mi tía no encontró nada mejor que convencerla de que se pusiera un pedazo de tela de cebolla. Fue con ella hasta la cocina y ahí le vendó el dedo, dejándola con un olor a verdulería que no se lo aguantaba nadie. Al final me desesperó tanto la situación que elegí cualquier cosa para salir lo antes posible de allí. Con todos los preparativos era igual: llegaba con todas las esperanzas de que las cosas resultaran perfectas, pero terminaba tirando la toalla.

 


Luego me vino una crisis terrible porque de la nada me salieron millones de espinillas. De esas rojas que son como volcanes que uno no sabe dónde comienzan ni dónde terminan: un día se me secaba una y al siguiente me brotaba otra. Fui a hacerme una limpieza de cutis y quedé llena de costras. Terminé en mi casa llorando y preguntándome si todo esto valía la pena. Y eso me llevó a cuestionarme si de verdad iba a servir para estar casada. O si iba a terminar como mi prima, que se divorció cuatro meses después de su boda. Lo único que no quería era fracasar y aguantar que todos me apuntaran y me dijeran que por mis tonteras había perdido al mejor hombre del mundo. Porque debo aclarar que toda mi familia pensaba así, que yo era demasiado difícil para mi novio. Algunos, incluso, se atrevieron a insinuarme que ellos no entendían cómo él me soportaba.

 


Otro tema que me atormentaba eran los regalos. Día a día revisaba la lista de novios de Falabella en internet y veía que todo el mundo me regalaba baratijas. A riesgo de sonar materialista, debo confesar que eso a mí me deprimía mucho. De hecho, uno de los momentos más gloriosos de mi noviazgo fue cuando fui con toda la ilusión del mundo a elegir mis presentes. Recuerdo que me prestaron una pistola láser para que fuera marcando los códigos de barra de las cosas que yo quería y marqué lo más caro de la tienda. Por ejemplo, me metí al sector Electrodomésticos, y escogí refrigeradores de acero inoxidable, cocinas de seis platos, lavadoras ultra sofisticadas y un plasma. Quería tener todo eso y más, pero al final –salvo excepciones– terminé recibiendo jugueras y batidoras. Algunos descarados, incluso, llegaron al extremo de regalarme toallas y saleros.

 

 

EL VALS

 

 

Estoy bailando el vals de los novios y sé que lo hago pésimo, porque retumban las risas en el salón. Ayer estuve ensayando con una tía y mi mamá. Y mi tía me veía bailando y le preguntaba todo el rato a mi mamá –como histérica– que por qué daba saltitos como si me estuvieran quemando los pies. Mi mamá sólo le respondía que yo era así, descoordinada e inágil como nadie. Para peor, mi novio tampoco sabe bailar y trata de decirme cómo hacerlo, guiándose por un manual de principiante que leyó en internet. Pienso que es de una ternura incalculable, pero sólo quiero que esto termine luego para dejar de hacer el ridículo.

 

Me siento igual que cuando era chica y tenía que subir al escenario para las obras de fin de semestre y todas se burlaban de mí porque se me olvidaba el parlamento. Terminaba sola y extraviada en la tarima.

 


De pronto veo que Pepe, nuestro fotógrafo, dispara y dispara el flash. Lo contratamos tres meses antes del matrimonio y desde un principio nos dejó en claro que era evangélico. Nos mostró un banano de jeans donde se leía: Jesús es mi estrella. Le contamos que nos íbamos a casar sólo por el civil y de inmediato comenzó a tratar de convertirnos a su fe. Mientras más le explicábamos que no éramos creyentes, más fundamentalista se ponía. Lo aguanté sólo porque igual cobraba barato: $ 220.000 por un álbum de 150 fotos más un video. Aparte de sus honorarios, nos exigía colación, porque si no le servíamos comida –advirtió– iba a saber dejarnos plantados e irse directo al McDonald’s. Hablaba así de claro y no puedo ocultar que le tuvimos un poco de miedo. De hecho, aún temo que lea esto y se niegue a entregarme el álbum.

 


Sigo bailando el vals y cuando creo que por fin va a terminar, viene el siguiente. Es como un viaje sin retorno. Es tan escasa la solemnidad de este momento que todos mis amigos –en vez de mirarme y emocionarse conmigo– se paran a buscar un copete, lo que igual me da un poco de risa, porque yo haría lo mismo. Para empeorar la situación, mi novio me pisa la cola del vestido, el vestido color mantequilla que me compré en La Casa Blanca, después de haber recorrido un millón de boutiques caras de Alonso de Córdova. El día que me lo compré, escuché todo tipo de anécdotas de novias neuróticas que me dejaron aún más histérica. Una contaba, por ejemplo, que una tía suya había transpirado tanto mientras trataban de peinarla que llegó con el pelo todo revuelto al altar. Otra decía que una amiga suya en el día del matrimonio, había amanecido con la piel del cuello enrojecida y que se veía horrible, porque el vestido era escotado. Y yo escuchaba todo aquello y me ensañaba con mis uñas, pensando que me podía pasar lo mismo. Me las comí tanto que llegué hasta sacarme sangre. Fue tanto, que una tía me las vio y me recomendó que me pusiera veneno para ratas. Me dijo: “Mijita, si usted se pone eso, no se las va a comer, porque le va a dar miedo morirse”.

 

 

LA LIGA Y EL RAMO

 

 

Ya estoy mucho más relajada y disfruto viendo a mi novio todo desordenado convocando a sus amigos para que vayan a pelearse por la liga. Es algo brutalmente conmovedor. Se ve tan buenmozo con su smoking arrendado que me alegro de haberme casado con él. Comienza la música (el clásico tema de Joe Coker en Nueve semanas y media), me siento en un pisito y me levanto el vestido; él de inmediato intenta sacarme la liga con los dientes. Y como yo ando con botas y soy niña de tobillos gruesos, se me queda atascada en la mitad, pero mi marido logra sacármela y se la tira a sus amigos.

 


Cuando llega el minuto del ramo estoy bien puesta con el ron. Ya le he dicho a todo el mundo que lo quiero mucho y me he colgado del cuello de más de un invitado. Las solteras se apiñan detrás de mí, bien dispuestas a hacer de todo por pescar mi trofeo. Lo tiro con tanta fuerza, con tal falta de gracia, que dibujo un vuelo increíble. El ramo cruza todo el salón y cae justo en la mesa de honor, donde lo agarra una tía soltera de mi novio, que está sentada sin esperar nada. Se pone tan feliz que viene corriendo a sacarme una foto.
A las seis de la mañana cerramos el matrimonio hostigando al dj para que nos ponga canciones lentas de los ochenta. Decadentes. Tanto, que finalmente nos echan y terminamos en el Mercado Central. Siempre había soñado con llegar allí, vestida de novia y ver lo que pasaba. Y no pasó mucho: en el Mercado están tan acostumbrados a ver una jungla circulante, que una novia más o una menos da lo mismo. Pero el solo hecho de estar ahí con mis amigos comiendo mariscos y rememorando los momentos jugosos del matrimonio, ya me pone contenta. Atrás quedó mi nerviosismo y mi obsesión de que todo tenía que resultar perfecto. De hecho, nada fue perfecto, pero de alguna forma sí fue glorioso. O más que eso, fue un reflejo de nosotros mismos. Y eso es lo que realmente importa. ¿A quién voy a engañar? Nunca fui una novia de torta y nunca lo seré.

 

 

VIDA DE CASADA

 

 

El día que recibí mi anillo de compromiso estábamos en la cocina y de pronto mi pololo me mostró la roca y me dijo que quería envejecer conmigo. Pensé que ese hombre estaba hablando en serio, y que no le iba a importar que con los años se me cayera el pelo, se me pusieran los dientes amarillos o se me olvidara el nombre de los objetos. Ese hombre me quería de adentro, como un animal quiere a su hueso.

 


Llevo más de un mes de casada y la otra noche mi marido encontró un ratón en el baño. Eran las cuatro de la mañana y prendió la luz del dormitorio para despertarme y avisarme. Le dije que fuera a matarlo. Y él comenzó a cranear diferentes formas de hacerlo. Primero se le ocurrió que podía asfixiarlo con una aspiradora; después, que lo podía aplastar con unos bototos y, por último, se puso más sensato y agarró un escobillón para combatirlo. Desde el dormitorio yo escuchaba que le decía: “Estái bravo, hueón… Estái bravo”, y de ahí lo mató, volvió a la cama y yo me sentí culpable, porque lo había obligado a matar a un ser vivo.

 


A la mañana siguiente me desperté con la sensación de que estaba realmente casada. Ese episodio cotidiano y bizarro marcó el comienzo de mi matrimonio. No fue la fiesta, ni la luna de miel, ni nada, sólo eso, nada más ni nada menos que la caza de un ratón. Ahora estoy tranquila, porque sé que todo resultará bien. Me gusta pensar en cosas más rosas de las que he pensado siempre. Por primera vez en mi vida me estoy proponiendo ser más optimista

 

EXTRAIDO DE REVISTA PAULA

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Nubedesol
dijo :

mmm seria buen negocio, asi tipo toallas femeninas, pero super absorventes para contener el "pipin" de la novia histerica

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El odio es vil herencia del alma criminal
01/09/2008 a las 14:50
lucio
lucio dijo :

  por que dejar que los 4 min que estan más expuestos sea una mala improvisación....tome clases dense un tiempo para que esos minutos de baile no se transformen en un suplicio o en algo penoso...yo hago clases y veo la evolución de los novios en una o dos clases y les sirve para pasar un grato agradable en familia.

 el baile se basa en seguir y en llevar en tener que negociar, saber invitar y saber escuchar, es una oportunidad unica en que los dos pasan a ser uno y cuando eso se logra , se siente y se proyecta es muy bello. y si engancha con eso les proporciona una oportunidad más de esparcimiento y trabajo en pareja, saludos y suerte a todos en su baile de novios sea vals , tango, bachata, el que quieran si lo pasan bien sus invitados lo disfrutaran con ustedes

Lucio de la Quintana

Profesor de ed. fisica y baile (cel :84647754 )

02/04/2009 a las 20:01
Leslie
Leslie dijo :

Muy buena historia, jjjjj, estoy en la etapa de cotizaciones, de enojarme pues no encuentro los zapatos que quiero, pues mis pies son muy pequeños;  de pensar en que es mas apropiado si algun plato bonito y bien elaborado o un buen asado con ensaladas como es la costumbre en el pueblo donde festejaré.  Si llevo o no pajes   a la iglesia, si bailo el tradicional vals, eterno por cierto, o algun tema que nos guste a ambos, calculando cuanto seran capaces de beber nuestros parientes y amigos.  Pero aún con estas estas dudas, espero sea el dia mas importante de mi vida, hare todo lo que este a mi alcance para que asi sea, aunque quizas el resultado sea mas parecido a lo que se relata. 

12/09/2010 a las 16:33
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